A tus preciosas pecas

Disculpa si estas no son mis mejores palabras, pero hace a penas 20 minutos que dejaste este mundo para irte con tus dos grandes amores. Escribirte me ayuda a no pensar como voy a reaccionar cuando te vea, a no dejare nada por decir, a ralentizar mi paso para darme algo más de tiempo para asimilar todo esto.

Al entrar por la puerta de casa no he querido mirar hacia la habitación y he ganado unos minutos para acabar de reunir el valor.

Cuando he llegado a la habitación estabas ahí. Dormida. Solo que ya no faltaba tu memoria o tu audición. Ahora solo los latidos de tu inmenso corazón que siempre ha bombeado amor por la vida y por los demás.

Hoy solo vengo a dar gracias a Dios por tu vida, como solías hacer tu casi a cada rato. Por esa vida ejemplar que siempre ha sido testimonio de fe, de amor y de generosidad.

Gracias a ti, por regalarnos el gran ejemplo de mujer, madre y abuela que has sido para quienes hemos podido disfrutarte como nosotros hemos hecho.

Hace solo dos días que te vi feliz, como siempre que estabas entre los tuyos, ejerciendo tu papel de madre mientras jugabas al parchís con tus dos hijas pequeñas y con tu nieto que todavía no entiende que no volverás a dar una lección de vida, a golpear sus manos para que no se muerda las uñas, o a volver a explicar que es de mala educación enseñar la suela de la zapatilla a los demás cuando te sientas.

No sabes cuánto echaré de menos las veces que me llamabas “rull” orgullosa de los rizos que compartíamos o cuando nos contábamos nuestras experiencias de profesores y reconocíamos lo mucho que disfrutamos de nuestra profesión, como te gustaba hacer mientras yo, atento como si fuera la primera vez, disfrutaba de cada historia que repetías sin darte cuenta como uno de tus atentos alumnos.

Me encantaba ver la forma en que se iluminaba tu cara cuando hablabas del abuelito con la voz de una mujer profundamente enamorada como nunca he visto antes.

Recuerdo que una vez te pregunté por qué ya no te maquillabas ni te ponías algunos de tus collares o pendientes, advirtiendo que con el tiempo se habían vuelto parte del decorado perenne de tu cuarto y tu, orgullosa, me contestaste que desde que faltaba el abuelito no volviste a sentir la necesidad de arreglarte o ponerte guapa para nadie, lo que me pareció completamente normal habiendo visto desde bien pequeño como vuestro amor nunca dejó de crecer ni si quiera después de que, como hoy nos dejas tú, se fuera de repente. Sin avisar. Sin tiempo alguno para despedidas.15506912736701515566415359333025.jpg

Nunca me olvidaré de tus dichos, de tus refranes y poemas que al recitar, con tu perfecta y entusiasta entonación, te hacían volver cuando te costaba encontrarte; de las noches de primos con mañanas de oración y buñuelos; de esos pellizcos cargados de razón o de esa necesidad tan tuya de regar cada árbol y cada planta de ese campo en el que fuiste enormemente feliz, como intentando con todas tus fuerzas mantener la esencia de aquella época dorada.

Solías contestar que celebrábamos que estábamos vivos cada vez que tus nietos te preguntábamos cada sábado hace no demasiados años, y eso celebramos hoy. Celebramos tu vida y la nuestra contigo, porque gracias a ti hemos aprendido que la muerte no es el final de nada, si no el principio de una nueva etapa, y si puedes apreciar algún tipo de dolor en nuestras lágrimas es solo por que la vida que empiezas hoy es lejos de nosotros.

Me costará un tiempo entender el hecho de que no podré volver a tocar el 4°B sin avisar y escuchar tu voz llena de alegría por el telefonillo casi al tiempo que abrías la puerta de casa y me esperabas con esa sonrisa que a penas te quitaste desde que tengo uso de razón.

Se me quedan miles de cosas por contarte y hacer contigo y muchos besos que guardaré en el tintero para cuando volvamos a vernos, pero doy gracias a Dios de que mis últimas palabras a tus desgastados oídos fueran el sincero te quiero con el que me despedí y aquella ráfaga de besos tan inesperada con la que decía adiós a tus preciosas pecas y tus perfectas arrugas sin saberlo.

Te vas dejando miles de lecciones enseñadas como lo buena profesora que siempre fuiste y, aunque el vacío que hoy dejas es y siempre será tuyo, me quedo con una de las ultimas notas que tomaste en la libreta que te acompañaba siempre durante los últimos meses en que tu memoria no era la que solía ser:

Tres palabras del padre:
– reza.
– ten fe.
– no te preocupes.

De corazón: Gracias, gracias y gracias por regar nuestras vidas.


PD.
Esta es nuestra última foto.
Tus dedos ya no aprietan los míos como solían hacer, pero no te preocupes, deja que sea yo esta vez el que sea fuerte por los dos.

 

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